Morir de soledad en una sociedad longeva

Ya empezamos a valorar, con mayor comprensión y naturalidad, el hecho de que nos dirigimos a una sociedad superlongeva. Empezamos a estimar las consecuencias de vivir en una sociedad robotizada con superhumanos que parecen que nunca terminan de morir. Empezamos a planificar una vida que durará muchos años y en la que cambiarán hasta las mismas etapas de la vida. La tecnología nos está haciendo físicamente más robustos, más capaces y más longevos. Visualizamos una sociedad con superhumanos expandidos por la tecnología, con componentes tecnológicos que complementan a los orgánicos. Físicamente seremos más perfectos, más sanos y más vigorosos que nunca, pero ¿qué pasará con las emociones?

Gran parte de la tecnología se dirige a mejorar nuestra parte física y ello tendrá un resultado en nuestra longevidad. Ya en un artículo que publiqué en la revista Telos, de la Fundación Telefónica, exponía la posibilidad de que en un futuro longevo nos planteemos seriamente el sentido de nuestras vidas. Buscaremos lo valioso de la existencia y conseguiremos mejorar la parte física de nuestros cuerpos, pero ¿es eso lo valioso? Ya percibimos, y ya se anuncia, que la soledad será una nueva enfermedad en el siglo XXI. Con cuerpos ultramejorados, que casi ya no enferman, puede ocurrir que haya personas que desarrollen “enfermedades” producidas por emociones que les superen, entristezcan y atormenten.

¿Para qué vivir eternamente si sufres una enfermedad emocional producida por una intensa soledad?

Hasta ahora las muertes por pena son casi extraordinarias y suenan hasta románticas. Aquellas personas que se dejan morir ante la imposibilidad de vivir con la persona amada conmueven las emociones. Las muertes por un dolor profundo nos evocan a personas tan llenas de amor que no pueden soportar el inmenso dolor de la pérdida de su ser querido. Aparecen historias de miembros de parejas, que tras décadas de amor, fallecen con poco tiempo de diferencia entre ellos. La muerte por pena, hasta ahora, nos evoca una conmovedora aventura producida por el amor, pero ¿y si fuese producida por una enorme soledad y la persona simplemente se dejase morir ante su incapacidad de gestionar una nueva realidad?

En conversaciones transhumanistas con Mónica Quintana comentamos que sin silencio no hay música y que sin infelicidad no puede darse la felicidad. Por ello concluimos que la felicidad depende de que la vida sea, de alguna manera, humana e imperfecta. En un mundo robotizado donde todo esté pautado, los imperfectos humanos podemos perder el sentido de nuestra propia existencia.

Puede ser horrible vivir en una sociedad en la que, aunque estés perfectamente conectado, no tengas la posibilidad de desarrollar tus emociones humanas con tus pares, con personas con quienes compartes valores.

Puede ser espantoso vivir en una sociedad distópica en la que prevalezcan estrictos esquemas de reputación digital y tú te veas excluido de los ciudadanos considerados “excelentes”, por las circunstancias de tu vida, que no son las mismas para todos. Puede ser muy triste que situaciones ajenas a ti te fuercen a una vida de soledad, aún con plena conexión total. Puede ser horrible sentirse solo ante una vida ya será tan larga que no termina nunca de morir. Puede que en una sociedad robotizada deseemos emociones humanas y que nos demos cuenta de que realmente estamos solos cuando más necesitemos a otros como nosotros.

Si, desde el punto de vista psicológico, la soledad es la ausencia de relaciones sociales satisfactorias, entonces puede presentar trastornos como ansiedad, depresión, insomnio, abuso de drogas, alcoholismo, e ideas suicidas. Si el sentido de la vida del ser humano fuera romper su soledad, entonces se entendería por qué somos tan gregarios. A día de hoy, consideramos a la felicidad y a la soledad como antónimos, y autores como Eugene O’Neill consideran que la soledad del ser humano no es más que su miedo a la vida. En definitiva, la soledad es esa experiencia que todo ser humano desea evitar. ¿Podremos evitarla en una sociedad robotizada de superhumanos con una longevidad casi eterna?

Está por ver si la soledad se convierte, efectivamente, en una nueva enfermedad del siglo XXI y si se convierte en causa de fallecimiento en una sociedad super tecnológica en la que parece que nadie va a querer morir. Si así fuera, ¿serán los robots los que nos generen una solución a la soledad?

 

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Acerca de Rafael Martinez-Cortiña

21st century life explorer in Madrid, a city that makes sense
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