La fábula de Añapse, el país donde los gatos ladraban por decreto ley

Añapse es un maravilloso país imaginario donde la sociedad solo conocía a los perros. Todo el esquema social giraba en torno al mundo canino, centro absoluto de la atención nacional. La paz social se rompió el día que alguien se trajo un gato desde San Francisco y todo casi desemboca en guerra civil.

GUAU

Un gato en un país de perros

En Añapse, ese maravilloso país de perros, muchos ciudadanos optaron por conocer la realidad de los gatos y se enamoraron de ellos. Sin ningún tipo de plan de comunicación, los mismos propietarios de gatos iban explicando a otros ciudadanos cómo era su vida con un gato, y estos se lo contaban a otros. Se viralizó que los propietarios de gatos eran ciudadanos que habían descubierto una nueva fuente de amor y que ya no deseaban más perros.

Bajo un esquema de confianza, la sociedad aloñapse se empezó a ver inundada de ciudadanos con gatos en situación alegal. Los propietarios de perros, defensores de la tradición, pusieron el grito en el cielo desde el principio y anunciaron que la introducción del gato suponía la muerte del perro y la crisis total del país. Se comunicó que el gato era una gran amenaza para un país de perros y que su impacto en destrucción de empleos iba a ser terrorífico. Si venían más gatos, las perreras tradicionales, dueñas del oligopolio perruno, se verían forzadas a cerrar por competencia desleal. Los dueños de los gatos se miraban sorprendidos porque no comprendían en qué afectaba su gato a la industria tradicional de los perros, con miles de millones de euros en activos financieros y un gigantesco impacto en el PIB del país. Los gremios de los perros no paraban de ladrar: “Exigimos las mismas normas”.

Los gatos deberán acoplarse a la naturaleza de los perros

En Añapse los gobernantes legislaban como se había hecho toda la vida, a favor de los perros, que ya sufrían de artrosis hiperregulatoria. Los dueños de gatos no tuvieron otro remedio que seguir obedientemente las nuevas normas, porque el ciudadano propietario de gatos no deseaba ser fuente de conflicto.

La nueva legislación de gatos fue un gran éxito político del gobierno, aunque su aplicación práctica fue un poco follón, la verdad. Lo malo de la nueva ley no era que los ciudadanos se vieran obligados a sacar a su gato de paseo tres veces al día, sino que además debían llevárselo a correr, con correa y con bozal, como los perros. No había manera que los gatos comprendiesen que, por decreto ley, les correspondía comida para perros de la mejor calidad, avalada además por el gremio perruno de turno. La obtusa personalidad de los gatos les impedía aprender a dar la pata o a hacerse los muertos con un gesto, tal como exigía el nuevo decreto como parte fundamental para tener un gato. Tampoco resultaba fácil a los dueños de gatos que estos les trajesen de vuelta el hueso que le habían lanzado lejos. “Bali, si no me traes el hueso, el ayuntamiento me amenaza con una multa. ¿Bali? ¿Hola? Deja de maullar y ponte a ladrar. ¿No ves que hay informadores secretos? No insistas en que eres un gato y que no comprendes. ¡Tráeme el hueso de una vez!

“¡Qué difícil es la legislación para los gatos!”

Los propietarios de gatos querían cumplir la ley, pero sus gatos no parecían encajar tan bien en las perreras municipales. Las asociaciones de perros parecían desconocer lo que era un gato y les denominaban de otras maneras, como “perro ilegal” o “cucaracha”. Parecían no enterarse de que el gato era un animal diferente, pero como tiene pelo y te hace compañía, pues “le consideramos un perro y sacabó”. Como se obligó a los gatos a llevar bozal se generó la entrada masiva de ratas en el mercado, que los gobernantes daban como actores válidos, porque como también tenían pelo y también podían hacerte compañía, pues también valían para operar como perros. Eso los funcionarios ni lo miraban. Si tenías algún pelo y podías hacer algo de compañía, ya cualificabas operativamente como un perro, fueses un camello, un hámster, un insecto peludo o un oso perezoso.

Con tanto caos regulatorio, se generó una plaga de ratas que inundó el mercado, en connivencia con los perros. Lo curioso es que los gobernantes no pedían tantos requisitos a las ratas, y nadie decía nada si iban sin bozal ni correa. Lo único importante es que las ratas tuviesen pelo y estuvieran registrados oficialmente como perros. Ese fue el germen de la plaga de ratas, pero los gobernantes echaron la culpa a los propietarios de los gatos.

El mercado se llena de ratas y aquí nadie sabía nada

En los ayuntamientos nadie parecía enterarse de nada. Los constantes ladridos de los perros en el seno de las instituciones públicas impedían a los políticos observar una realidad que iba creciendo silenciosa y sigilosamente delante de sus ojos y bajo su incomprensión total. En Añapse aparecieron cientos de miles de gatos…..y millones de ratas.

Añapse es un país imaginario que, si existiera, sería el campeón mundial de la creatividad. En otros países un simple maratón creativo sería suficiente para desencadenar un modelo disruptivo de negocio. En Añapse, además, obligaban a sus emprendedores a sortear las ocurrencias de los legisladores, ignorantes que travestían las ideas del siglo XXI y pervertían mercados digitales para adaptarlos a “la legislación vigente (del siglo XX)”. Por decreto ley.

Era cuestión de comprender que son cosas diferentes

En Añapse comprendieron que intentar negar la naturaleza de las cosas era sólo resultado de una gran ignorancia o de un gran interés. Intentar adaptar la realidad a “mi realidad” les generaba una gran rabia perruna y por mucho que se empeñasen, la esencia natural de los gatos sobrevivía limitaciones legislativas, muchas veces solamente del interés de los gremios perrunos.

Y así fue como en Añapse por fin comprendieron que modelos digitales que tendrían que crecer exponencialmente se veían forzados a crecer de manera analógica y lineal, lo que generaba enanismo empresarial. Cuando comprendieron que perros y gatos eran dos animales diferentes, el ecosistema social por fin creció en paz.

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Acerca de Rafael Martinez-Cortiña

21st century life explorer in Madrid, a city that makes sense
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