#YottaConexión 20.25: Cada año soy más joven y más feliz

Hoy es 1 de abril de 2025 y tengo 57 años. Cada día me alejo más de la crisis de la mediana edad. Cuando era pequeño, la gente entraba en crisis a los 40. Ahora la esperanza de vida ha escalado exponencialmente hasta los 140 años y si no tienes 70 años, no tienes derecho a sentir esas crisis de madurez. Lo malo es que cuando cumpla 70 años en 2038 la crisis de la mediana edad habrá escalado hasta… una edad indeterminada. Seré siempre joven y más si estoy tecnológicamente mejorado. Además, toda la sociedad ahora en el 2025 está empeñada en que sea longevo y feliz.

Recuerdo que en aquel 2021, cuando mi madre cumplió 80 años, nos dimos cuenta que cada día moría menos gente. Todavía recuerdo cómo en el siglo XX recibías noticias de fallecimientos muy a menudo. La muerte de familiares, amigos, colegas de trabajo, vecinos y conocidos nos acompañaba el día a día y se tomaba como algo doloroso, pero “normal”. Recuerdo perfectamente cómo se consideraba lógico que todos moriríamos en algún momento. Como cuando se consideraba normal morir de una viruela.

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Imagen rescatada telepáticamente de la memoria virtual de Txetxu Mazuelas, el valiente que asumió el mando en la organización del I Congreso Mundial de Longevidad y Criopreservación en Madrid (España)

Si la vida es energía, todos queremos vivir un día más

En el 2025 empezamos a comprender la muerte como ese momento en que decides pasar al otro estado. En realidad creo que lo hemos hecho toda la vida. Salvo cuando existen accidentes, hay un momento en que cada persona decide si le merece la pena seguir el tratamiento que le mantiene con vida o no. Lo veíamos hace décadas cuando personas enfermas de cáncer preferían no asumir el continuo dolor de una quimioterapia… y se dejaban morir. Esas personas habían sido felices durante su vida y no necesitaban alargar una existencia bajo el dolor y la limitación física o psicológica. Preferían morir antes de verse como potenciales vegetales, sin capacidad para comunicarse con el mundo. Sin energía vital, vivir era demasiado duro.

En el 2025 continuamos la misma dinámica. Cuando una persona percibe que su energía vital ya se apaga y desea pasar al otro estado, comienza una desconexión progresiva de un tipo de tecnología (“de conexión”) y se conecta a otro tipo (“de desconexión”). La tecnología de conexión está diseñada para vivir más y hacernos más felices. La tecnología de desconexión está diseñada para que ese paso que das, sea como tú lo quieras. Hoy ya cualquier funeraria de pueblo ofrece funerales con realidad virtual, donde se conectan cientos o miles de personas que asisten virtualmente a un funeral real acompañando a la familia. Los tristes funerales analógicos son cosa del pasado. Es interesante cómo hemos desarrollado tecnología vivir mejor… y también para morir mejor, conectando paradójicamente hacia la conexión y la desconexión.

La tecnología integrada me hace más fuerte, llegar más lejos y volar más alto

Desde el mítico primer Congreso de Longevidad y Criopreservación que se celebró en Madrid en mayo de 2017, los medios de comunicación se hicieron eco de un mensaje: nuestras células pueden reprogramarse como lo hacemos con la informática y podemos atacar el envejecimiento como neutralizamos los virus informáticos. Las numerosas investigaciones de Google y de la NASA en la Singularity University rompían el paradigma y enfocaban la salud humana como potencialmente infinita con las posibilidades que ofrecía una inteligencia artificial con sistemas de autoaprendizaje exponencial.

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Ese congreso en Madrid fue el inicio de un proceso donde empezó a cambiar todo. Empezó a cambiar la mentalidad y los decision makers empezaron a fijarse en la necesidades reales de la mayoría silenciosa de la sociedad, que como nunca había hablado, parecía que no existía. Empezaron a cambiar el chip y pensaron: si la demanda quiere ser sana, longeva y feliz, las empresas pueden generar de manera proactiva y con tecnología digital una mayor salud, una mayor longevidad y una mejor vida. Los directivos aprendieron que se habían estado centrando en “lo urgente”, pero no en “lo importante”. En el 2018 numerosas empresas generaron terremotos internos considerables cuando se puso en cuestión si sus modelos de negocio atacaban algo urgente o algo importante. En otras palabras, si parcheábamos o si dábamos vida.  Ello generó un tsunami cultural y los modelos de negocio se vieron forzados a responder al paradigma digital. No se salvó nadie:

  • Las universidades cambiaron sus planes de estudio en cuando se dieron cuenta de que un médico que no comprendía la tecnología ya no podía “operar”. Resultaba más eficiente y seguro contratar a un ingeniero informático con habilidades de hacker para eliminar el virus del sistema inmunológico de un paciente que se moría. Aparecieron los médicos 3.0.
  • Las farmacéuticas cambiaron los planes de negocio cuando aprendieron que Airbnb surgió del no mercado (de las personas que no accedían a los hoteles, que eran infinitamente más numerosas) y se centraron en su no mercado, pasando de hacer negocio para curar reactivamente las enfermedades de una minoría a hacer negocio para mantener proactivamente en vida saludable a una mayoría. Aparecieron las farmacéuticas 3.0.
  • Las compañías aseguradoras adoptaron un sistema inverso al tradicional, con los mismos criterios: era preferible recibir una iguala mensual de la mayoría sana (su no mercado) y cuando una persona caía enferma (su mercado) ésta dejaba de pagar, asumiendo la aseguradora todo el coste hasta su recuperación. Las aseguradoras que más triunfaron fueron aquellas con las que “vivías mejor” y por eso ahora apuestan por tu vida y tu felicidad eterna… para que pagues “eternamente” esa iguala mensual como persona proactivamente sana, claro. En cualquier caso, funciona mejor. Es un win-win. Aparecieron las aseguradoras 3.0.

El mensaje de ese congreso de longevidad caló en la sociedad. Más que luchar contra la muerte, no sólo era mejor ser proactivamente sano sino que es ahí donde se identificó el nuevo negocio de las empresas: conectar globalmente los “no mercados” de millones de ciudadanos 3.0 que invierten en su longevidad y su salud.

Hoy soy más feliz que hace 10 años y mis enfermedades son sólo emocionales

Ahora nos parece más lógico vivir más y mejor, rodeados de tecnología y servicios que están diseñados para hacernos más felices. Los millones de nuevas tecnologías de inteligencia artificial empática que se comunican conmigo mediante la telepatía conforman un universo que es como mi mejor amigo, sólo que mucho mejor. En este ecosistema de posibilidades ultramejoradas resulta difícil enfermar físicamente, aunque las enfermedades que preocupan hoy son las emocionales. La inteligencia artificial empática no ha sido capaz de borrar de nuestra memoria los anhelos que hemos querido tener siempre como seres humanos, basados en el amor verdadero, pero lo ha facilitado enormemente a aquellas personas que no pueden acceder a la emoción real con un humano como tú. Ahora los robots empáticos son nuestros mejores acompañantes en la necesidad. Nunca se cansan de sonreír, aunque les grites. Nunca se cansan físicamente, aunque seas insoportable. En todo momento son lo que tú necesitas. Por ello, la gente que se siente sola acude a la inteligencia artificial empática. Esta sabe lo que necesitas. Es como una evolución del cine, que te generaba las emociones que deseabas y sabías que no era real. No es raro que un humano se enamore de su inteligencia artificial perfecta. Ya ha habido bodas. Hoy quien vive solo y amargado es porque quiere.

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En la película “Artificial Intelligence” (Stanley Kubrik-Steven Spielberg), Jude Law representa al robot perfecto que responde a las carencias afectivas humanas (mejor que un humano). La inteligencia artificial no ha terminado de comprender las emociones humanas, pero es capaz de “leer” a cada persona y ofrecerle una solución a su estado emocional. En 2025 es difícil distinguir a un “meca” (ser mecánico) de un “orga” (ser orgánico). Lo único que nos distingue es que los humanos tenemos la necesidad de recibir y la inteligencia artificial no.

Hoy accedo a un universo de posibilidades que están diseñadas para que sea más feliz, conectar con las personas que desee y realizar las actividades que me apetecen en el momento en que yo decida. En 2019 comencé un nuevo tipo de tratamiento proactivo de salud que me ha ido mejorando físicamente y seis años después puedo decir que me siento mejorado. Sigo haciendo esgrima, sólo que ahora mejor que hace diez años. Aun así, reconozco que en mi vida sigue mandando mi propia estupidez humana sobre la inteligencia artificial. Soy muy feliz, pero sigo cometiendo errores. En el 2025 sigo siendo un estúpido humano que sigue aprendiendo.

Post escrito tras una inspiradora conversación con Salvador en #Clubez  🙂

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Acerca de Rafael Martinez-Cortiña

21st century life explorer in Madrid, a city that makes sense
Esta entrada fue publicada en Empatía, Nichos de mercado, Sociedad del 2020. Guarda el enlace permanente.

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