Airbnb y HomeAway son herramientas de trabajo para el ciudadano productor

Los ciudadanos que en el siglo XXI pueden realizar microingresos a través de la tecnología con sus cosas (denominados ciudadanos productores o prosumidores) han revolucionado todo. Hasta la manera en que muchas personas ahora entienden el factor “trabajo”

Trabajo, en economía, es la medida del esfuerzo hecho por los seres humanos. Según la visión de la economía neoclásica, hay tres factores de producción: trabajo, tierra y capital. La organización del trabajo y de la producción ha ido variando a lo largo de nuestra historia, desde la esclavitud hasta el sistema de empleo actualmente regulado. Sí, de empleo, no de trabajo. Hablamos de políticas de “empleo” o de “autoempleo”, pero nunca de políticas de trabajo o autotrabajo. Hemos delegado la gestión de trabajo a las administraciones públicas y a las empresas y ahora todo parece que gira en torno a ellas y a sus intereses.prosumidor1-300x170Los conceptos de trabajo y de empleo son algo diferentes para un ciudadano y la economía colaborativa lo pone de manifiesto. Las amas de casa son un buen ejemplo de trabajo real que nunca ha estado incluido en el esquema de empleo o autoempleo, y por lo tanto, parece que nunca han existido. Al final, un ciudadano productor puede “trabajar” con su energía, su casa y su coche, pero no puede “emplear” sus propiedades en la misma medida.

Trabajo es lo que desarrollan los ciudadanos productores a través de las plataformas, que al final utilizan como un sofisticadísimo utensilio para su… trabajo. Los ciudadanos productores son ciudadanos comunes que “trabajan” bajo el esquema colaborativo para llegar a fin de mes. Sin Airbnb o HomeAway estos ciudadanos que han escapado de la crisis de manera inteligente nunca podrían haber pagado sus facturas. No nos engañemos, el ciudadano productor es el resultado de una gran crisis laboral: una persona preparada, con experiencia, conocimiento, criterio…. en paro y con un futuro laboral negro azabache.

Las plataformas son potentísimos instrumentos de comunicación entre personas y esa es básicamente su función, poner en contacto a personas que se consideran iguales en un contexto tan seguro y transparente que aparece la primera de las variables inéditas en la función económica, tal como la conocemos. Aparece la confianza como elemento catalizador de un pago a un desconocido en un país lejano a quien conocerás dentro de un tiempo. Cuando un viajero realiza un pago a un desconocido es que confía. Punto. Nadie se plantea nada más. El aval de la reputación digital es suficiente. Sin embargo, esa confianza es el resultado de la inversión en millones de dólares de Airbnb y HomeAway en equipos de ingenieros y programas informáticos encriptados que han permitido crear dos ecosistemas digitales seguros y de confianza de personas interconectadas 24/7 que en el 2016 ya funcionan a nivel global como un enorme cerebro digital. A día de hoy no sabemos cuánto vale la confianza, pero Airbnb y HomeAway seguramente pueden certificar cuánto les cuesta mantenerla.

La empatía es una segunda nueva variable, inédita en nuestra comprensión económica de la vida. ¿Cuánto vale la empatía? En realidad, la empatía parece que no vale porque su coste es cero. O empatizas o no, y como eso no conlleva gastos, pues tampoco parece que valga mucho. Sin embargo, se tendrá que empezar a considerar a la empatía como un catalizador en la nueva función económica, puesto que genera resultados económicos concretos, y a veces virales. Si no, que les cuenten a los anfitriones de Airbnb o HomeAway si sus viajeros no cuentan casi al 100% con su criterio para materializar “la experiencia local” en lugares concretos (restaurantes, museos y espacios comerciales, principalmente). El efecto de la empatía tiene un valor económico. Así lo explica HomeAway. Y así Airbnb. Entonces, ¿cuántos millones de euros vale la empatía?

El conocimiento es la tercera variable que aparece inherente a la economía colaborativa. El conocimiento se deriva de la necesidad de ofrecer algo que se considere 5 estrellas a personas de cualquier país del mundo. Esa necesidad exige a todos los anfitriones estar en un proceso de aprendizaje constante. Los esfuerzos más evidentes son aprendizaje de idiomas (inglés), mejora de habilidades de comunicación interpersonal con sus iguales de otras culturas y geografía básica (para saber de dónde son tus viajeros), pero hay mucho más. Para empezar, estos ciudadanos ya se han metido en una estrategia digital que les permite acceder a más conocimiento, de manera natural, a través de grupos en internet. La información (el dato) se convierte en conocimiento (en sabiduría) cuando cada persona puede acceder al dato que busca contando con la opinión de la comunidad (la credibilidad) sobre quien lo ofrece. Con toda esa información en sus cabezas, saben innovar, pero no les dejan trabajar (porque no están “empleados”).

Señoras y señores de las millones de administraciones públicas españolas, dejen al ciudadano tomar sus propias decisiones. Ustedes no han entendido una dinámica digital que permite la autonomía social a cada persona, genera innovación y no entiende de discriminaciones (una anfitriona gana lo mismo que un anfitrión).

La economía de los ciudadanos (la economía peer-to-peer puede convertirse en una muy buena alternativa laboral. Sólo se requiere que permitan a los ciudadanos producir, cuando están hartos de estar parados, y que potencien el papel de las plataformas como elemento de generación de ciudadanos productores. Si unos, no existirían las plataformas, pero sin estas, muchos ciudadanos no podrían pagar sus facturas.

Y el ciudadano productor no está adscrito a ningún sector. Puede alquilar su vivienda, compartir gastos en transporte y, dentro de poco, gestionar su energía, sin estar necesariamente adscrito a un sector. ¿Pediríamos a un ciudadano que produzca su propia energía los mismos requisitos que a las corporaciones eléctricas por producir la suya? Pues eso es tan absurdo como comparar a un anfitrión de su propia casa con un hotel.

Empecemos a pensar en la autorregulación de ciudadanos responsables y en potenciar las plataformas como herramientas de trabajo de los nuevos ciudadanos digitales del siglo 21.

PD: ¿Te parece vanguardista el ciudadano productor? Pues el siguiente paso ya está consolidado en la Unión Europea: el ciudadano inversor. Mucho más evolucionado y participativo en la construcción de la sociedad digital. Aquí, en pañales.

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Acerca de Rafael Martinez-Cortiña

21st century life explorer in Madrid, a city that makes sense
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