#YottaConexión 20.20: Estamos conectados y distribuidos

Hoy es jueves 23 de enero de 2020 y cumplo 52 años. El chip instalado en mi mano izquierda me felicita por lo joven que estoy y solo puedo sonreir. El chip contiene toda la información sobre mí en materia de salud, crédito bancario y reputación digital, al igual que mi DNI, pasaporte y carnet de conducir, por no hablar de mi historial laboral, penal y moroso. Todo sobre mí en mi propia mano.

Me levanto a las 7 y corro a la ducha en un mundo donde el agua se ha vuelto un artículo de lujo. Imprimo una taza de café compatible con mi sistema nervioso, ahora lo más en tecnología.

Escojo una camisa y un pantalón cosidos con microhilos conductores. Mi ropa recoge la energía que voy generando al andar y la transforma en batería para el resto de mis wearables. Mi madre no entiende que ya mucha gente se viste con auténtico ordenadores. Antes la ropa era simplemente moda, pero ahora es tecnología. Nos vestimos con elementos que permiten monitorizar nuestras constantes vitales, controlar el avance de enfermedades y generar planes de salud preventiva sobre la base de lo que va ocurriendo a nuestro alrededor. Mi ropa me tiene controlado y me cuenta cosas sobre mí mismo que desconozco.

No soy un geek de la tecnología y algunas modas me parecen un poco tontas. Ahora Internet está en todas las cosas, pero me resisto a instalar GPS en mis zapatos o incorporarles LED para indicar dirección o distancia. Las gafas las abandoné hace meses, porque tanta realidad virtual me perturbaba. Era como estar bajo el efecto de la marihuana todo el día. Ahora me cuesta distinguir si mis recuerdos son realmente parte de mi vida real o si han sido dulcificados por la vida virtual.

Me empecé a dar cuenta hace un par de años. Después de un uso muy intensivo de las gafas durante año y medio, en el que me sentí como un piloto de avión, empecé a tener serias dudas de si mis recuerdos eran reales o no.

Fui invitado a dar una conferencia a Palma de Mallorca y fui alojado en un hotel que era nuevo para mí, pero “en el que ya había estado alojado”. En FITUR de hace dos años pude disfrutar de ese mismo hotel mallorquín con realidad artificial, esa rara mezcla de realidad virtual con inteligencia artificial. Con un casco equipado con potenciadores neurosensoriales, desde Madrid pude ver qué sentía al despertarse por la mañana y ver el mar mallorquín desde la habitación del hotel. Recuerdo que salivé al observar su oferta gastronómica y sudé en su SPA, sin moverme de FITUR. Me encantó la experiencia de conocerle virtualmente y me encantó estar realmente alojado ahí. Fui por trabajo y no me dio tiempo a disfrutar de nada del hotel, una pena. Sin embargo, me dí cuenta que posteriormente me dedicaba a recomendar un SPA que ni ví y hablar maravillas de un restaurante que no conocí. Cuando hablaba del hotel, comentaba todos sus servicios, los que conocía realmente y los que había conocido virtualmente, y en ocasiones me costaba recordar si había estado realmente o si lo había disfrutado virtualmente. Mi cabeza daba a ambos por buenos.

Supongo que es una reacción normal del cerebro. Sólo vi realmente la recepción y la habitación del hotel, pero de alguna manera, mi cabeza ya tenía información sobre sus otras distintas posibilidades con el folletoneurosensorial de FITUR. Como la parte que viví se ganó mi confianza, porque lo que ví fue lo que estaba publicitado, mi cabeza dio por hecho de que el resto era igual. Ese hotel se ganó mi confianza y lo recomendaba sin realmente conocerlo. Somos así. Aunque también, si nos pican un poco, podemos ser todo lo contrario. Si pierden mi confianza en una cosa concreta, la pierden en todo lo demás. Y lo viralizo, por ese poder otorgado por Internet.

Hoy, día de mi cumpleaños, tengo que intervenir en una mesa redonda sobre la evolución del sector hotelero en este último lustro y reconozco que me cuesta recordar cómo eran los hoteles en el 2015. Se han producido muchos cambios muy rápidos en estos cinco años, sobre todo después de que la famosa bala digital también alcanzase a la industria hotelera. La gente joven no sabe cómo eran los hoteles en el 2015, es muy gracioso. Es como el smartphone, ya nadie se acuerda de cómo era la vida sin él, y sólo han pasado 13 años.

En realidad, los hoteles en el 2015 eran como los típicos hoteles del siglo XX, porque en los primeros 15 años de siglo no hubo mucho cambio. Seguían un modelo tradicionalista industrial que les permitió un monopolio durante décadas. Era el hotel de toda la vida, que hoy vemos con tanta nostalgia condescendiente como vemos a los grasabares de los años 70. Viejunos, impersonales, distantes y caros. Y además implicados en esa política. Recuerdan otra época.

No sé por dónde empezar y me inspiro en mis padres y abuelos. Intento recordar cómo viajaban ellos y en qué consistía su experiencia de viaje en aquellos hoteles del siglo XX. Puedo compararlo con mi último viaje a Lisboa. Puedo intentar valorar en qué hemos ganado y en qué hemos perdido, qué fuimos y qué somos.

¿Y si cada modelo hotelero fuera una persona? ¿Qué se contarían si se conocieran los modelos hoteleros del 2015 y del 2020?

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Acerca de Rafael Martinez-Cortiña

21st century life explorer in Madrid, a city that makes sense
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