El cambio es irresistible

El cambio se ha convertido en una nueva normalidad. En el siglo 21 el cambio ya es constante y hasta pueden generarse distintos cambios con diversas intensidades simultáneas en un mismo escenario. Nadie podrá resistirse a ellos. Ocurrirán.

Una persona siempre posee la autoridad para aceptar o rechazar un cambio. Los motivos principales para rechazar el cambio son por:

  1. Inercia, ya que prefiere seguir haciendo las cosas en la forma acostumbrada (“siempre se ha hecho así” o “la ley es así”).
  2. Incertidumbre, porque puede implicar un riesgo y no hay garantías de que el nuevo método produzca mejores resultados.
  3. Desconocimiento, ya que la naturaleza de ese cambio puede no ser entendida por quien la rechaza, lo que origina una precaución excesiva y un sentimiento de inferioridad y resentimiento.
  4. Temor a la obsolescencia. Después de invertir mucho dinero y años de experiencia para desarrollar un nivel alto de habilidad bajo un esquema, puede aparecer otro nuevo que rápidamente te haga parecer antiguo.
  5. Disminución del contenido del trabajo. La tecnología, por ejemplo, está automatizando funciones tradicionalmente realizadas por humanos. Eso genera rechazo de entrada.

Los motivos anteriores se resumen en una: no participar en la formulación del cambio propuesto. La antipatía probablemente se origine por la situación embarazosa de no haber pensado antes en una idea que ahora parece obvia.

Yo tengo claras mis preferencias.

Unos prefieren un sistema y otros el otro. Yo tengo claras mis preferencias.

El cambio al final lo que produce es una alteración de las relaciones sociales, o peor aún, puede producir el temor a que esto suceda. No poder participar en la formulación del nuevo método es nuevo para muchos sectores productivos que durante décadas han sido los generadores de cambios dentro de sus esquemas. Ahora, ajenos a los mecanismos que han producido el cambio, algunos se niegan a adoptarlo si la situación de cambio no tiene en consideración sus intereses. Es la situación de los gremios industriales y más en España. Los taxis, por ejemplo.

Durante décadas los gremios han manejado sectores enteros con prácticas monopolísticas e influencia política, y ahora resulta que no es tan difícil mejorar su esquema. Su esquema es la suma de pequeñas modificaciones por interés particular que han ido estrangulando el sistema poco a poco y lo ha llenado de incoherencias. Por ejemplo, un taxista en Madrid hace un servicio público, pero es un trabajador autónomo, no un funcionario. El mismo tiene una licencia municipal, pero la puede vender como una propiedad privada. Al final, se pueden entender los 150.00 euros que cuesta una tarifa de taxi en Madrid, pero no tiene por qué compartirse. Los millenials no comparten ese esquema basado en la economía de la propiedad y han preferido el de la economía de acceso, que de lejos tiene mucha más lógica. Al final, el préstamo bancario lo paga el cliente del taxi, pero ¿y los beneficios? ¿Quién se los queda? Correcto, el banco, porque los taxistas trabajan sin parar para pagar sus obligaciones tributarias, legales y financieras sin hacerse ricos. Hemos generado un sistema donde paga el cliente, sufre el taxista y gana la banca.

Los taxistas se quejan de cambios que hemos visto muchas veces y cometen los mismos errores de aquellos que ya no están. Pensemos en el cambio que se produjo con la introducción del automóvil, por ejemplo, su impacto sobre el sistema de transportes de personas en la época y veamos paralelismos:

  1. No podemos cambiar. Hoy, como hace 100 años, los que protestan se encuentran rehenes de un sistema del que no saben salir. Hace 100 años el problema era qué hacer con los caballos y ahora con el préstamo del banco. Ninguno de los dos se puede liquidar fácilmente. Ante eso, es preferible enrocarse contra el cambio.
  2. No queremos cambiar. Hoy, como hace 100 años, había una normativa que estaba destinada a regular el tráfico de transportes, caravanas y postas, que no se adaptaba al vehículo motorizado usado como vehículo para personas, ya que éste no tenía animales y su naturaleza era diferente. Hace 100 años se consideró injusto que operasen los automóviles para transportar personas, porque siempre se había hecho de otra manera. Es la misma justificación de hoy. Hoy no se negocia, se prohíbe.
  3. No entendemos el cambio. Si piden a los pequeños empresarios de coches de caballos que innoven, nunca pensarían en un automóvil. Pensarían en cómo hacer más rápidos los caballos, si eso es lo que la gente quería. Los taxistas hoy son parecidos. No saben pensar en un esquema que no sea el suyo.

¿Qué hubiese pensado la gente hace 100 años si unos propietarios de coches de caballos hubiesen bloqueado Madrid para impedir con actitud amenazante que se implante el automóvil? Lo mismo que piensan los ciudadanos del siglo 21 con el taxi. Lo mismo.

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Acerca de Rafael Martinez-Cortiña

21st century life explorer in Madrid, a city that makes sense
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  1. Pingback: Make guests, not war | Ciudadano del siglo 21

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